– La izquierda colombiana debe apostar por la radicalidad –

Por el Centro de Investigación Libertaria y Educación Popular – CILEP 

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En su última columna (semana.com/opinion/articulo/cl..), León Valencia, regularmente lúcido en sus análisis políticos, llama la atención sobre la necesidad de establecer una alianza de “centro izquierda”. Desde su punto de vista, es un error que la izquierda, representada en proyectos como el de Gustavo Petro y el Polo Democrático en cabeza de Clara López, intenten excluir de la “tercería” a Enrique Peñalosa, de la forma como, supuestamente, lo hicieron con el grupo de Fajardo y otros miembros del Partido Verde. Valencia realiza un diagnóstico correcto de la situación, pero de ello extrae una conclusión errónea. Es cierto que “la izquierda tradicional sola no puede ofrecer una alternativa creíble a todo este electorado”; pero de ello no se colige que la izquierda deba pasar por alto sus principios y establecer alianzas con la centro derecha, para que “arraigue en la opinión un proyecto político de centro izquierda moderno, unitario y audaz”.

Esta propuesta puede ser razonable desde una perspectiva pragmática (“es obligatorio –dice Valencia- actuar con suma racionalidad y con la mayor flexibilidad”), que tenga en cuenta los poderes reales que se mueven entre el uribismo y el santismo, es decir, su capacidad para poner a su disposición toda clase de medios para obtener votos y, que en consecuencia, suponga que la izquierda debe proceder de la misma manera maquiavélica a fin de impedir una hecatombe similar a la del octenio o a la del actual gobierno. Sin embargo, existen razones para pensar que tal proyecto de “centro izquierda” no es el camino más conveniente para la izquierda en esta coyuntura.

Empecemos por preguntarnos qué es eso de un “proyecto de centro izquierda”, ¿acaso personajes como Peñalosa representan tal opción? A fines de los años noventa, cuando para los colombianos y colombianas el “giro a la izquierda” en América Latina todavía era desconocido, no era sorprendente que Peñalosa se autoproclamara como representante de la izquierda del siglo XXI, vanagloriando un modelo de gestión “moderna” –quizás a eso se refiere Valencia- centrado en el mercado. Pero una vez hemos tenido conocimiento de las grandes transformaciones que, con todo y sus limitaciones, se plantea la izquierda latinoamericana, resulta todo un despropósito pensar que un proyecto que apuesta por la gestión privada de lo público, por la “confianza inversionista” y por la estética del concreto y los bolardos, funcionales a una minoría, antes que por una ciudad para la vida digna de las mayorías, represente algún principio de la izquierda.

Por otro lado, la oligarquía de este país, por más de centro derecha que se plantee, no renuncia a sus privilegios ni a sus principios nodales –libertad de mercado para los monopolios, acaparamiento de tierras y puestos públicos, legitimación de la probreza y la desigualdad, entre otros-; por consiguiente, una alianza de la izquierda con este tipo de actores implica arrancar perdiendo, empezar a jugar el partido con varios goles en contra, abandonar principios de izquierda o intercambiarlos por votos. Llevada al extremo, esa lógica supondría que no hay diferencia de principio entre aquellos que recurren a las “bacrim” para obtener votos a la fuerza y la izquierda. Ambos parten de un mismo razonamiento: el fin justifica los medios y no importa sumar peras con manzanas.

Se puede, así mismo, contrariar un supuesto muy discutible en el escrito de Valencia. Según él, “como la trampa y la desconfianza son un rasgo nacional inapelable (sic), será necesario que la tercería pacte unas reglas de juego muy claras en el caso hipotético de un paso a la segunda vuelta”. ¿Qué nos hace pensar que Peñalosa estaría dispuesto a poner su maquinaria electoral al servicio de un candidato y un proyecto de izquierda en caso de que no resultara ganador de la consulta, no digamos todavía en una supuesta segunda vuelta? Sabemos de dónde viene Peñalosa y cuál es su posición frente a la izquierda democrática. Debería ser obvio que sus principios no son de izquierda y, si fue capaz de hacer alianzas con el uribismo para perseguir votos, si ha sido capaz de vociferar toda clase de falacias contra un gobierno como el de Petro, ¿qué nos garantiza que obedecería unas reglas de coalición, por “muy claras” que ellas sean? ¿Cómo es posible confiar en alguien cuyos copartidarios, como Ángela Robledo, motean de “paracaidista electorero” (elespectador.com/noticias/poli..)?

Quizás un argumento de mayor peso que el futurismo está en las lecciones de la experiencia, especialmente del pasado reciente. En aras de copar puestos de elección popular buena parte de la izquierda colombiana se ha vuelto demasiado pragmática. Esa actitud no sólo ha llevado a abandonar principios nodales de la tradición política izquierdista hasta desfigurarse en un liberalismo progresista cuya mayor reivindicación es conservar todo lo posible el núcleo de la Constitución de 1991, sino, sobre todo, ha acarreado errores políticos de altísimo costo. Empezando por el final, se podria discutir hasta qué punto administraciones como la de Luis Eduardo Garzón encarnaron principios de izquierda, podríamos preguntarnos si es casualidad que el exalcalde haya terminado en las toldas santistas. Pero lo que pocas dudas deja es el saldo negativo del pragmatismo si se recuerda el descrédito del gobierno distrital en manos de Samuel Moreno. Este es el caso arquetípico en el que por privilegiar el pragmatismo terminan por desdibujarse por completo los principios y la ética. Esto demuestra, además, que las alianzas puramente pragmáticas pueden reportar beneficios en el corto plazo, pero conllevan un costo demasiado alto en el mediano y largo plazos. Incluso si tales alianzas se establecen por la vía “programática”, es de dudar que permitan acumular fuerzas a la izquierda.

Pensamos, entonces, que en una coyuntura tan excepcional como esta, lo que se impone no es la pragmática, como quiere Valencia, sino el retorno a los principios. No es estableciendo alianzas con la centro derecha como la izquierda conseguirá el apoyo del pueblo colombiano, sino planteando un proyecto radicalmente distinto: es necesario que la izquierda se radicalice. No obstante, esa radicalidad no debe entenderse como se asimiló hace décadas, cuando ser radical equivalía a defender unos principios inamovibles provenientes de lecturas dogmáticas cuando no de orientaciones de organismos de la izquierda internacional. Por el contrario, la radicalidad que hoy necesitamos debe entenderse como en su momento la concibió Marx: ser radical es ir a la raíz del problema.

Encontramos elementos suficientes para plantear un proyecto realmente alternativo en esa revolución semantica y conceptual que se está presentando en otros países de América Latina, y donde los significantes de socialismo, bienestar, igualdad y democracia, entre otros, se han articulado con proyectos construidos por las comunidades locales como el Buen Vivir, la democracia comunitaria o radical y la interculturalidad. Comprendemos que en un país como Colombia, donde quitarle el monopolio de la recolección de basuras a parte de las élites conlleva campañas de mala prensa e investigaciones por la Procuraduría, no sea fácil reivindicar, como se hace en otros lugares de América Latina, el socialismo del Buen Vivir. La izquierda colombiana no viró al pragmatismo sólo por capricho de sus líderes sino, principalmente, como una estrategia de supervivencia en un contexto tan represivo y autoritario. Empero, es hora de posicionar un proyecto alternativo como una fórmula para articular el descontento y construir poder popular.

La cuestión central en esta coyuntura no es articular actores del “centro” a la izquierda, sino responder con un proyecto alternativo al descontento social o, en otros términos, articular el pueblo. Los casos de Venezuela, Argentina, Bolivia o Ecuador, independientemente del juicio que se pueda hacer sobre sus experiencias, muestran que en coyunturas de efervescencia social las dinámicas de la movilización popular y las lógicas de las elecciones pueden ser articuladas si se plantea un proyecto político, una opción de vida, a la población descontenta. Esto último, un proyecto político realmente alternativo, es lo que le falta a buena parte de la izquierda y es lo que el pueblo reclama día a día.

Mientras en esos países la izquierda consiguió canalizar el descontento apropiándose del “¡que se vayan todos!”, con que se movilizaron los ciudadanos y ciudadanas, y respondiendo luego con proyectos de refundación del Estado y la nación basados en propuestas socialistas, nuestra imaginacion política continúa pensando en conservar lo que queda de la Constitución tramando alianzas pragmáticas para, aunque sea, conservar los umbrales electorales: pañitos de agua tibia. ¿Acaso ir a la raíz del problema agrario, del problema ambiental que ha generado el modelo de acumulación extractivista basado en la “locomotora minero energética”, y de los innumerables problemas de injusticia y desigualdad social, no implica proponer soluciones radicales? ¿No constituye una oportunidad sin par para construir un proyecto socialista democrático similar a los que ensayan nuestros hermanos latinoamericanos?

Más que votos, más que puestos de elección popular, es necesario que la izquierda se plantee la necesidad de articular políticamente al pueblo y construir poder popular. No existe una fórmula mágica para ello, pero lo que sí es seguro es que tal cosa no se consigue pactando con sectores supuestamente progresistas de la oligarquía, a fin de obtener rendimientos de corto plazo, sino formulando un proyecto político que interpele al pueblo, responda a sus necesidades y se le presente como una alternativa vital.

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Un pensamiento en “– La izquierda colombiana debe apostar por la radicalidad –”

  1. Un movimiento polìtico de centro izquierda, se caracteriza fundamentalmente por la adopciòn del modelo econòmico.UN movimiento ,que impulse el modelo econòmico neo-liberal,sin rechazarr todas sus variables,no es de centro izquierda,sino que le hace el juego a la derecha. El señor Peñaloza,ha estado siempre a un milìmetro de la derecha y ultraderecha del paìs,como cuando se aliò con el Señor Uribe Velez para la campaña a la Alcaldìa de Bogotà;y ha estado a años luz de movimientos que luchen con la verdad a favor de las grandes masas populares.

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