LAS CAJAS DE COMPENSACIÓN

Por Salomón Kalmanovitz / El Espectador

LAS CAJAS DE COMPENSACIÓN nacieron en 1957 en Medellín, bajo la dictadura militar de Rojas Pinilla; poco después surgieron Cafam y Colsubsidio en Bogotá, que son las que cuentan con más trabajadores afiliados en el país.

Se inspiran en la doctrina social de la Iglesia católica y cuentan con el aval del gobierno para recaudar el 4% de las nóminas de las empresas que por ley deben afiliarse a ellas. Las cajas son también el epítome del capitalismo compinchero: personajes que reciben un privilegio del gobierno para operar con poca competencia y con escasa supervisión sobre el manejo de recursos fiscales. Los escándalos sobre manejos indebidos de las cajas en provincia hicieron necesario crear una Superintendencia de Subsidio Familiar que se caracteriza por su nulo efecto en el comportamiento voraz de sus vigilados.

Colsubsidio y Cafam han tenido sólo dos gerentes durante su existencia, aunque por estatuto sus períodos son de dos años y las juntas de administración deben ratificarlos o elegir nuevos. Las juntas cuentan con representantes de las empresas mal elegidos y sin funciones, también de los sindicatos que se sienten contentos con los mediocres servicios que reciben porque simplemente no los pagan ellos sino sus patrones. Colsubsidio, en particular, ha sido señalada por construir y operar un lujoso teatro al cual asisten pocos trabajadores a sus temporadas de zarzuela y otros eventos elitistas.

Contaba inicialmente con un colegio para niñas administrado por la familia de su director, aunque hoy cuenta con tres colegios propios y administra o tiene en concesión otros siete del Distrito Capital. Cafam, por su parte, tiene un colegio y un liceo campestre propios, siete colegios en concesión, además de una fundación universitaria, todos irrigados con las contribuciones de los afiliados, matrículas y fondos del Distrito. Ninguno de estos colegios obtiene resultados notables en las pruebas del Icfes.

Las cajas hacen un derroche inaceptable de recursos que en últimas son públicos. Los hoteles que han construido son lujosos y caros, fuera del alcance de los trabajadores; cuentan con zoológicos, parques acuáticos, clubes en las afueras de la ciudad con precios que discriminan a la mayoría de sus afiliados. Sus droguerías y mercados atienden preferiblemente estratos 5 y 6. Los dos edificios de Compensar y el Cubo de Colsubsidio en la carrera 30 son adefesios de cristal que desperdician el espacio arquitectónico de manera lamentable. El centro de convenciones de Cafam es otro monumento al desperdicio de las contribuciones de las empresas.

Los supermercados, en particular, que contaban con ventajas evidentes contra la competencia, no supieron aprovecharlas: su ineficiencia legendaria y sus precios altos terminaron por relegarlos de las preferencias de los consumidores, que optaron por las grandes superficies de la empresa privada. Casi todos han sido vendidos a los grupos privados dominantes. Las EPS de Cafam y Colsubsidio están insolventes: son parte fundamental de la crisis de la salud.

En una columna pasada informaba de cómo Colsubsidio se había asociado a un urbanizador poderoso en un proyecto de estrato 7 que estaba esperando un fallo judicial. Pues bien, desafiando la ley con hechos cumplidos, los tractores han comenzado a trabajar en la edificación de estrato 7, atropellando a los vecinos y apropiándose de un parque de la ciudad.

 

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