CUANDO SE TRATA DE LA VIDA HUMANA, NO EXISTEN CADAVERES DE PRIMERA, SEGUNDA O TERCERA CATEGORÍA.

Por: Efraín Alzate Salazar

Ahora, hipócritamente, los medios de comunicación están aterrados por la muerte de los policías que estaban en poder de las FARC, y oportunistamente llamaron a una marcha contra las guerrillas sanguinarias que fusilaron a indefensos policías después de haberlos tenido retenidos, o secuestrados durante muchos años.

Pero pocas veces la prensa y la radio se han pronunciado en las mismas condiciones con las masacres de Maripirán, San José de Apartadó, Segovia, Sucre o Montes de María, oriente antioqueño, etc. No creo, y no acepto jamás, desde la formación que tengo en el campo de los Derechos Humanos, que existen muertos de primera, segunda o tercera categoría; es tan preciada la vida de un soldado, como la de un guerrillero, o un paramilitar; la hipocresía de una sociedad seudo-cristiana ha llevado a ubicar niveles de valor a la vida, dependiendo del estrato social o posición política. Para quien escribe este texto es tan desagradable e inhumano, la profanación de un cadáver- entiéndase, exhibirlo fusilado o mutilado al público- ya sea de Alfonso Cano, o de un policía que padeció las angustias del secuestro; es aterrador para la humanidad que da la OTAN y sus aliados Libios pos-Kadafi, al exhibir el cadáver ensangrentado de Kadafi en una manta para que la chusma se acerque a escupirlo.

Igualmente me pareció nauseabunda la actitud de las fuerzas militares de Colombia presentando el cuerpo de Raúl Reyes despedazado por las bombas, y la prensa en competencia de venta, en un acto casi morboso mostraban las mutilaciones del guerrillero. Lo importante es el escarnio y la vil moneda, aunque para ello olviden principios cristianos que supuestamente practican. Pablo escobar fue un hombre con un prontuario criminal aterrador, pero aun así, su cadáver no debió ser profanado, y mostrado a la prensa nacional e internacional como trofeo de la inteligencia norteamericana que guió el operativo. No creo en estas acciones supuestamente valerosas, porque dejan a la sociedad un sentido de profundo desprecio por la vida. Los gringos no son tan pendejos ahí sí se muestran aventajados. Cuando muere un soldado americano, solo muestran el féretro cubierto por la bandera de estrellas, aunque para efectos de su esnobismo guerrerista y mercenario sí se abrogan el derecho de mostrar el cadáver de Ozama Ben Laden, con los tiros de gracia que le propinaron los fusileros dolientes de las torres gemelas.

Es aterradora la muerte en emboscadas de policías y soldados, pero es infame y cruel la muerte de humildes labriegos para quitarles las tierras tal como ha sucedido en Colombia desde hace rato. La prensa hipócrita llama a marchar contra las FARC por un hecho que aún tiene interrogantes ¿fueron de verdad fusilados los policías o fue un acto de rescate fallido por parte del estado? Desde el círculo de Humanistas Latinoamericanos manifestamos nuestra indignación contra todo hecho que atente contra la vida de un ser humano, pero no nos alineamos con la farsa mediática y manipuladora de los medios de comunicación para quienes son buenas las muertes de aquellos guerrilleros que ostentan y defienden ideologías y prácticas contrarias a las de la burguesía y malas si toca con sus intereses personales. En pleno terror paramilitar de masacres y desplazamientos casi toda la prensa colombiana se auto-censuró. Sospechosa omisión que los pone claramente en favor de un sector de la guerra. Y esto no es neutralidad. O puede entenderse acá lo que expresó Zuleta en su texto sobre la guerra: “Hay que decir que las grandes palabras solemnes: el honor, la patria, los principios, sirven casi siempre para racionalizar el deseo de entregarse a esa borrachera colecti­va”. O fiesta de la guerra a la que se le apuesta hoy desde muchos flancos en Colombia.

“Pienso que lo más urgente cuando se trata de combatir la guerra es no hacerse ilusiones sobre el carácter y las posibilidades de este combate. Sobre todo no oponerle a la guerra, como han hecho hasta ahora casi todas las tenden­cias pacifistas, un reino del amor y la abundancia, de la igualdad y la homogeneidad, una entropía social. En realidad la idealización del conjunto social a nombre de Dios, de la razón o de cualquier cosa conduce siempre al terror, y como decía Dostoievski, su fórmula completa es “Liberté, egalité, fraternité… de la mort”. Para combatir la guerra con una posibilidad remota, pero real de éxito, es necesario comenzar por reconocer que el conflicto y la hostilidad son fenómenos tan constitutivos del vínculo social, como la interdependencia misma, y que la noción de una sociedad armónica es una contra­dicción en los términos. La erradicación de los conflictos y su disolución en una cálida convivencia no es una meta alcan­zable, ni deseable, ni en la vida personal -en el amor y la amistad-, ni en la vida colectiva. Es preciso, por el contra­rio, construir un espacio social y legal en el cual los con­flictos puedan manifestarse y desarrollarse, sin que la oposi­ción al otro conduzca a la supresión del otro, matándolo, reduciéndolo a la impotencia o silenciándolo. SOBRE LA GUERRA  de Estanislao Zuleta

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